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Latinoamérica. De la Revolución Ciudadana a la Revolución Burguesa

| Foto: Pixabay

Publicado 8 febrero 2019

Vivimos en medio de un proceso de cambio histórico mucho más profundo de lo que somos capaces de percibir.

Se acabó el baile de mascaras y llegó la hora de prender la luz y sacarse las caretas. Estos últimos dos años la izquierda latinoamericana ha visto, con “inusitada” sorpresa, como la burguesía que parecía dormida despertó de su letargo y pasó con virulencia a una ofensiva que parece querer destruirlo todo. Sin tapujos, hoy muestra su cara: odio al indio, al gay, al negro, al pobre, y exige el respeto a sus derechos clase adquiridos durante siglos de opresión. Y aunque parezca sorprendente, no pocos sectores populares se suman a esta demanda. Una contradicción que nos deja perplejos, y que no es sino la expresión más cruda y material de la debilidad endémica en los análisis de izquierda.

En particular en el caso de los que se autodefinen como “izquierda chilena”, el actual momento histórico ha resultado incómodo, obligando a buena parte de la fauna politiquera a salir de su “zona de confort” y pronunciarse.
Generalmente buscando algún rédito electoral o comunicacional. En su gran mayoría esta “izquierda tradicional” se posiciona al lado de demandas de las burguesías y los intereses imperiales de EE.UU. Una careta más que cae.

Mezclando Agua y Aceite

La revolución ciudadana, que avanzó en Latinoamérica como una suave brisa, desde finales del 2000, anunciaba un mundo mejor para los pobres de América. Pero, a diferencia de sus padres “insurreccionales”, ya no enarbolaba un fusil, ni llamaba a la rebelión popular. La nueva izquierda se planteaba acogedora y marcadamente respetuosa de los códigos legales vigentes. Cambiar el sistema por dentro es posible a través de un masivo y extenso procesos de ciudadanización de la sociedad, se repetía como letanía.

Tomar el poder por asalto a través de procesos electorales fue la tónica de la mayoría de los movimientos latinoamericanos durante las últimas décadas. Pasando por encima de encuestas y sociologismos etapistas variados,  diversos movimientos y partidos se lanzaron a la toma del poder con sendas campañas presidenciales, obteniendo una seguidilla de éxitos sorprendentes. Así, se volvió un objetivo estratégico el ampliar la base social de apoyo a través de la ciudadanización de enormes sectores populares que se habían autoexcluido del funcionamiento de la sociedad (1). Fueron millones los pobres del campo y la ciudad que empezaron a participar, en las últimas décadas, por primera vez en su vida, en procesos electorales, recibiendo a cambio de este apoyo una batería de nueva políticas sociales (2) que materializaban el famoso “chorreo” que los modelos neoliberales prometían, pero que fueron incapaces de cumplir.

A este proceso de ampliación de la base de apoyo social y electoral, se le sumó un proceso más o menos extenso de “reingeniería” de las bases estructurales que aseguraban la hegemonía del modelo capitalista. A través de una mezcla de hábiles jugadas de salón y golpes de fuerza, los cambios de las correlaciones de fuerza dentro de las Cortes Supremas, los Tribunales Constitucionales y Electorales, el Alto Mando de las Fuerzas Armadas e incluso la intervención de los Consejeros de los Bancos Centrales, lograron dotar de estabilidad a gobiernos que se demostraban ampliamente comprometidos con ampliar la democracia.

Sin tocar mayormente las formas productivas y de acumulación financiera del modelo capitalista, se dio una inusitada paz social y retroceso de los índices de pobreza generalizada en Latinoamérica (3). Y lo que resulta aun más extraordinario, este proceso de mejoramiento no implicó un derrumbe, ni menos un proceso de empobrecimiento de las burguesías locales. Es más, en algunos países el proceso de concentración del capital siguió, e incluso, se aceleró (4).

Fueron prácticamente dos décadas en donde el temido derrumbe, la explosión social, no llegó. El agua y el aceite parecían mezclarse de forma más o menos armónica contradiciendo las “leyes universales”. Pero como decía el barbón del norte, que porfía en tener la razón, reapareció el Viejo Topo de la Historia. Cierre de ciclo.

Venezuela y la encrucijada latinoamericana

La contingencia de los hechos que suceden en Venezuela ha obligado a gran parte de la izquierda latinoamericana y mundial a posicionarse sobre la legitimidad de estos gobiernos populares. Lo sucedido estos últimos años en Honduras, Nicaragua, Bolivia y Brasil demuestra que las burguesías locales, aunque de alguna forma sintiéndose debilitadas y traicionadas por su eterno defensor, el Departamento de Estado de los Estados Unidos, volvían a la primera plana.

Este regreso no se dio en un contexto mundial de avance de Diablo Rojo, de la amenaza comunista, ni tampoco de una crisis del proceso de acumulación del capital. Los tiempos cambiaron, y aunque China no detiene su avance despiadado para convertirse en el nuevo “macho alfa” de la economía mundial, las banderas con la hoz y el martillo no abundan en las movilizaciones populares.

Ya antes de la llegada de Trump al Consejo Directivo de los EE.UU, por iniciativa propia, las burguesías locales habían dado inicio a lo que promete ser una sanguinaria carrera por restablecer “el orden natural de las cosas”. En ese sentido, Trump y su agenda para Latinoamérica tiene como objetivo retomar el control del patio trasero, recuperando su rol de actor principal, incluso pasando por sobre las descontentas burguesías locales.
Aún cuesta saber cómo se seguirán dando los escenarios, pero todo indica que la iniciativa cambió de bando y que los golpes caerán más duros. No servirá de mucho burlarse de lo tosco, o de la falta de preparación intelectual de los nuevos gobernantes de derecha. El uso del sarcasmo, tan propio de algunos sectores de la izquierda, esconde muy a menudo la falta de argumento y deja siempre un tufillo a clasismo intelectual.

Es más, la abierta apuesta por salirse de las formas de la política partidista tradicional, que dio muchos retos a la izquierda ciudadana, hoy es ampliamente utilizada por una burguesía que abraza a líderes de habla simple y que apelan constantemente a la emocionalidad para validar sus políticas, tanto electorales como de movilización de masas. Mientras la izquierda, perdida, bandea entre buscar la “tercera vía” que evite el conflicto y refugiarse en la teoría abstracta basada en ideologismos.

La iniciativa continental la retomaron los poderosos. Aunque desordenada y dubitativa en un principio, rápidamente ha ido ganando aliados y hoy llega a sentirse avasalladora. Si hoy cae Venezuela ¿porque no mañana Nicaragua? ¿Acaso no es también una dictadura? ¿Y Bolivia? ¿Importa lo que diga la Unicef de Evo? Incluso la inexpugnable Cuba, el Santo Grial para la izquierda mundial, hoy pasa a ser un trofeo al que algunos ya le ponen precio.

Pero la gran habilidad de los poderosos siempre ha sido mostrarse más fuertes de lo que realmente son. Vivimos en medio de un proceso de cambio histórico mucho más profundo de lo que somos capaces de percibir. El proyecto que hoy intenta encabezar Trump, una vez recuperada la gestión administrativa del gobierno para la élites, no trae sino mayor tensión social. Así lo demuestran los procesos locales recientes en los gigantes  Argentina y Brasil, cuyos gobiernos al frenar el “chorreo” de las políticas sociales aumentaron significativamente las tensiones sociales y ofreciendo nuevas posibilidades de acumulación del descontento.

Sin embargo, estas nuevas condiciones son imposibles de aprovechar sino avanzamos preguntándonos, por ejemplo, cuánto de este avance conservador se debe a debilidades que los propios gobiernos populares desarrollaron en su seno. Lejos de pasarse a las filas del enemigo, hoy es una tarea urgente defender las conquistas de los pueblos y hacerse las preguntas adecuadas sobre los errores u horrores cometidos en lo organizativo, en lo económico, en lo cultural. En ello reside la posibilidad de retomar una contraofensiva lo más rápido posible.

Publicado en Resumen Latinoamericano

Notas:

1-Según la revisión de los datos de participación electoral en Venezuela en elección 1998 votaron 6.988.291 y en elección electoral 2015 lo hicieron 15.059.630; en Bolivia votaron 3.091.707 en elección 2005 y 5.487.676 en elección 2014; en Brasil  votaron 83.297.773 en elección 1998 y 115.122.883 en elección 2015
2- Reconocido es el  trabajo de la Misiones (salud, educación, trabajo, etc) en el caso de Venezuela, la política de Bonos en Bolivia (Juancito Pinto , Renta Dignidad, etc) y el Programa Bolsa Familia en Brasil. Todos Programas que incidieron claramente en la baja de los índices de pobreza y exclusión social.
3-  Según cifras de la Cepal “en materia de reducción de la pobreza, esta se redujo 15,2 puntos porcentuales entre 2002 y 2016” . A partir de esa fecha el proceso ser revierte y la pobreza vuelve a subir.
4-Según los Datos del Fondo Monetario Mundial el Producto Interior per cápita de Venezuela subió de 4.926 US en 2001 a 15.692 US en 2014; en el caso del Bolivia el PIB per cápita subió de 1.736 US en 2005 a 3.393 US en 2017; en Brasil el PIB per cápita subió de 2.819 US en 2002 a 12.026 US en 2014.


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